ENFOQUE DE VIDA :: Es Justificado el Adulterio…

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POR :: Mara Clemente, Periodista y escritora Puertorriqueña

Ya Claudia estaba cansada, y bastante, de los meses que pasaban sin que su esposo apenas la rozara por la espalda al pasar por la cocina. Es que su esposo Sebastián, sin duda era un hombre ejemplar… pero en el afán de ser el proveedor por excelencia, el padre responsable y el buen compañero, había engavetado su faceta de amante. A Claudia, apasionada como era, la caía como un amargo trago ver como se le iba el día ahogada en los trajines de la casa, el lleva y trae de los niños, el no-se-que de las cuentas, el tal-mas-cuanto de lo que hay que hacer, mientras su cuerpo imploraba un toque suave, sus oídos palabras dulces, y su mente una conversación amena.

En una ocasión, el le había anticipado que quería hablarle de “algo importante”. Ella, pensando en la posibilidad de un momento romántico, espero con ansias. Cuando por fin Sebastián abrió su boca para hablar, fue para dejarle saber acerca de sus sólidos planes a nivel profesional. ¡Que desilusión! ¡Pobre Claudia

“¿Sabes que tengo fundamento suficiente para divorciarme de ti?”, le increpo Claudia en esa ocasión. –“!¿Que dices?”, le respondió el, obviamente pasmado.

-“Pues me he enterado de que el sexo es parte de los deberes conyugales. Que si no sea atienden, se considera negligencia. Creo que, luego de nueve meses sin saber lo que es un momento intimo, puede entenderse que, en verdad soy víctima de tu negligencia,” le explico Claudia sin encomendarse a nadie.

Sebastián guardo silencio. Su mirada no expresaba ira ni rencor, sino una gran pena, casi vergüenza, de saber que su esposa lo confrontaba con una realidad.

-Es que… tu sabes… tengo mucha presión en el trabajo, se me hace difícil funcionar en la cama cuando sufro tanta exigencia y hay tantas cosas que hacer,” respondió el, intentando defenderse.

-“Pero es que te he buscado ayuda y tu no le has dado seguimiento. Creo que parte del interés que también debes mostrar en mi, debe verse reflejado en las gestiones que hagas para que podamos tener una vida sexual placentera,” insistió Claudia irreflexiva.

Y es que Claudia, distaba mucho de la imagen de la típica madre abnegada. No tenía reparos en expresar sus deseos. Estaba bastante segura de lo que quería de su marido. O al menos, eso ella creía. En sus diez años de matrimonio, con dos hijos, Claudia todavía se preciaba de ser una mujer fiel sin importar las circunstancias.

Ahora esas circunstancias se imponían.

Algo dentro de ella estaba cambiando. Se sentía presa en una jaula de oro. Ya no era aquella jovencita contenta con jugar a la ama de casa. Si, tenia comodidades materiales, pero su marido, aunque bueno, era un sarcástico. “Ya que me niega un buen sexo, lo menos que puede hacer es apreciarme y apenas si conversamos,” Se repetía Claudia constantemente.

Ese mes, Sebastián volvió a ir al doctor y su mente desvarió de nuevo. En su mundo existía este extraño concepto de que si no se atiende y no se resuelve, desaparece. Así pasaron otros meses más inmersos en la rutina, cumpliendo con su papel de ser adultos y padres responsables… ignorando el hecho de que se secaban las pasiones y en su lugar surgía una sensación de vacío, como de hospedados, de autómatas; juntos pero no revueltos. Claudia definitivamente moría por estar revuelta. Como que ya ni importaba el misterio. Como que era su esposo, pero era más como un hermano.

Claudia trato de aprender por cabeza ajena. Indago sobre cómo habían lidiado con situaciones similares otras mujeres de su vida. Como su tía Verónica, que luego de 30 años de matrimonio, no tuvo más remedio que acostumbrarse al ir y venir de su marido. Marido, por decirle un nombre, porque la verdad es que ella se había convertido prácticamente en su secretaria. Y había “secretarias” a las que su tío les hacía mas caso.

Cuando por fin su esposo decidía sacarla a pasear, era para ir al cine: “Wow,” se decía Claudia con ironía, “dejamos la casa con cinco televisores para concentrarlos en uno enorme. Vengo de estar sentada en mi casa, para sentarme aquí, y encima con los niños.”

Sebastián, en verdad, lo hacía con el mejor corazón. Pero no tenía idea de cómo complacer a aquella exigente mujer, que no tenía pelos en la lengua para dejar saber lo que quería. El insistía en distraerla con lo material. Pero ella exigía un trato más simple, un momento de ternura, un acurrucarse bajo las sabanas en un día de lluvia, un segundo de verdadera intimidad.

El sentía como que dejaba de tener el control si permitía tantos momentos tiernos. Para colmo, el no fue criado entre tanta dichosa caricia. –“Lo que importa es que se pagan las cuentas. Ella no debe tener dudas de que la quiero. Qué rayos estar siempre quejándose de lo mismo cuando le doy tanto!” pensaba él.

Mientras tanto, Claudia empezó a sacar tiempo para sí misma. Comenzó dándose unos largos baños por la mañana, cosa que era imposible el resto del día, con los niños y el trajín del hogar. Luego, cada tres o cuatro semanas, simplemente desaparecía por una noche completa, de juerga. Apenas tomaba alcohol, era más bien el deseo de sentirse admirada, apreciada… Un flirteo, un coqueteo era suficiente para hacer su mes. Un día cambio su peinado drásticamente, luego volvió a realizar un cambio dramático en su pelo. Su marido no se percato de ninguno.

Sin embargo, entre cervezas y amistades, surgía un casual “nena, pero tu estas enterita, a ti no te han hecho nada,” y otros piropos similares que la hacían sentir como una reina. Por menos que eso hubiera estado en casa acurrucada con su querido y obtuso Sebastián.

Pero así estaban las cosas. Ella no se iba a permitir pasar los días ignorada. Así salía a su manera durante las noches y se despejaba de sus situaciones, y se alejaba un poco de aquella amorosa prisión que a poco casi la enloquecía.

Hasta que una noche de esas se tropezó con los labios de Esteban. Labios suaves, húmedos, deseosos de amar locamente y locos de amar con deseo. Fue demasiado para la intensa Claudia. Demasiado. En un instante su vida paso de castaño a oscuro. Las caricias que había guardado con tanto celo para su adorado Sebastián, tuvo que dejarlas en el bello cuerpo de aquel Esteban que salió de la nada. El con todo y beso, y con todo lo que trajo después. Pero por una noche, Claudia se sintió amada. La realidad fue que no se sintió culpable, ni resabiosa. Simplemente disfruto su momento como vino. Bañó a aquel hombre extraño como hubiese querido bañar al suyo…

“¿Cuanto tiempo hace que no te toca?”, le pregunto Esteban, incrédulo de enterarse como era que hacia más de un año que aquella atractiva mujer pasara desapercibida ante los ojos de nadie, y menos bajo un mismo techo.

La pregunta de Esteban fue un halago mas para Claudia, que estaba sedienta de atenciones y detalles. Era una pena que aquel momento tan lindo y tan simplemente hermoso, no hubiese sido con su Sebastián. Pero así era la vida, y hasta que ella recordara, solo tenía una. Para luego era tarde.

Pasaron los meses. Claudia no volvió a ver a Esteban. Tampoco lo añoró, aunque lo recuerda con una traviesa ternura. Él le abrió la puerta a las posibilidades de la vida, a la realidad de que decidimos vivir en jaulas de oro, nadie nos obliga. Ahora sonríe y se arregla con mas esmero (en secreto piensa que quizás se tope con Esteban). Sebastián hasta la nota tan primorosa que se le acerca con otros aires. Ya no quiere hablar tanto de las cuentas (aunque siempre prefiere el tema, el pobre) una que otra vez se las ingenia para acercarse a su linda esposa.

¿Justificado el adulterio? Creo que nunca. Sin embargo, quien antes apenas se sonrojaba, ahora se ríe solita de sus travesuras.

Así va la vida, indomable, inescrutable, sorda al juicio, y llena de misericordia para las almas que van por ahí, rodeadas de gente pero solitarias.

Amigo lector o lectora, te invito a que si sabes de alguien que ha pasado por alguna situación similar, comparte esta historia. Puede ocurrir, y ocurre, a compañeros, esposos, amantes… No dejemos apagar la llama del amor, no olvidemos los pequeños detalles y las palabras tiernas. No vaya a ser que aquel o aquella que comparte tu vida, decida apagar la llama de su pasión en otra parte.

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